Mitos y verdades de la desigualdad en Chile y Latinoamérica

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“Las profundas diferencias entre los estratos superiores y el resto de la población son presentadas como la causa unívoca de la fenomenal crisis que vive el país desde hace tres semanas. Sin embargo, las estadísticas muestran una realidad contradictoria, que no resiste explicaciones simplistas”. Darío Mizrahi / Infobae

“Tras las profundas reformas económicas implementadas durante la dictadura de Augusto Pinochet, y profundizadas desde el regreso de la democracia en 1990, Chile se convirtió en un paradigma. Para los defensores del mercado, era el modelo a seguir. Para los partidarios del Estado, pasó a ser todo lo que está mal.

Durante muchos años, el sólido crecimiento económico del país pareció darle la razón a los primeros. Ahora, el estallido social que hace tambalear a una de las democracias más consolidadas del continente sugeriría que los segundos estaban en lo cierto.

La realidad, no obstante, está hecha de matices y no se puede comprender con categorías absolutas.”

América Latina es la región más desigual del mundo. “Es cierto que no es la más pobre, pero sí es donde mayores son las distancias entre los que más y menos tienen. Por lo que, no debería llamar la atención que Chile esté entre los países más desiguales del planeta. Sin embargo, y contrariamente a lo que se cree, Chile está lejos de ser el país más inequitativo de la región.

Si se toma como referencia el índice de Gini, que estima la distribución de los ingresos con un coeficiente que va de 0 —igualdad absoluta— a 1 —desigualdad absoluta—, la inequidad en Chile es de 0,454, ubicados en el quinto lugar según datos de la Cepal, que excluye a países como Argentina y Venezuela por los problemas registrados en su sistema de estadísticas públicas en los últimos años”. Como referentes los primeros lugares lo encabezan Uruguay con 0,39, el Salvador con 0,399, Ecuador 0,44 y Perú 0,448, seguidos de Chile con 0,454, quienes están por debajo de la media latinoamericana, que es 0,466, y es bastante menor a la de países como México (0,504), Colombia (0,511) o Brasil (0,539).

Otra forma de medir la desigualdad es ver directamente cuánto del total de ingresos que genera la sociedad se lleva cada parte. Con ese criterio, Chile es incluso menos desigual que con el Gini.

“En promedio, el 20% más pobre recibe el 6,3% de la torta en América Latina. En Chile, en cambio, recibe el 7,7 por ciento. Sólo lo superan Uruguay (10,3%) y El Salvador (7,8%).

Cuando se calcula la desigualdad como la diferencia de ingresos entre el 10% más rico y el 10% más pobre, Chile también aparece como el tercero menos desigual. En Uruguay el estrato superior gana 11,8 veces más que el inferior; en El Salvador, 13,8 veces más; y en Chile, 17,6 veces más. La media latinoamericana es 22,5 veces y el país más desigual es Brasil, con una diferencia de 42,8 veces.

El dato que muestra a Chile por encima del promedio de desigualdad de América Latina es la porción de la torta que se lleva el 10% más rico. La punta de la pirámide chilena se queda con el 37% del total, cuando la media regional es 36 por ciento. Está más cerca del 42,8% de Brasil que del 29,6% de Uruguay. Esta es una de las razones del descontento que viene expresando tanta gente en la calle en las últimas semanas, y que une a la base con el centro de la escala social.”

“Las estimaciones que ha realizado la OCDE muestran que prácticamente no mejora la distribución del ingreso antes y después de impuestos y transferencias monetarias. En el resto de los países de la OCDE el cambio es cercano a 20 puntos. Finlandia tiene una desigualdad igual o mayor que la chilena antes de tributos y transferencias, pero después de sumarlos Chile mejora solo cuatro puntos y Finlandia cerca de 30. Nuestro sistema no es redistributivo, sino que mantiene la enorme desigualdad original”, explicó el economista Juan Pablo Valenzuela, investigador de la Universidad de Chile, al periodista de Infobae Darío Mizrahi.

“Lo que indigna no es tanto lo poco que reciben los de abajo como lo mucho que concentran los de arriba. De hecho, Chile es de los países que más redujo la pobreza en los últimos años. En 2003 era pobre el 40% de los chilenos. En 2017, último año con datos relevados por la Cepal, lo era sólo el 10,7 por ciento. Sólo Uruguay tiene menos pobreza: apenas 2,7 por ciento. Pero El Salvador, que es más igualitario que Chile, tiene casi el cuádruple: 37,8 por ciento.

La razón de esta aparente paradoja es que Chile es un país mucho más rico. Su PIB per cápita es de 15.777 dólares, pero el de El Salvador es de sólo 4.027 dólares. Cuando hay más para repartir, aún con un reparto más desigual es posible que la calidad de vida de todos sea mejor.

Panamá, en cambio, tiene un PIB per cápita de 16.629 dólares, pero como es mucho más inequitativo que Chile, tiene una mayor proporción de pobres: 16,7 por ciento. El único más rico y más igualitario en la región es Uruguay, que encabeza el ranking de PIB con 17.118 dólares per cápita.

Por otro lado, a pesar de tener un acceso al sistema de salud que es considerado muy desigual —como el de casi todos los países latinoamericanos—, Chile logró algunos avances sorprendentes. Gracias a reducir al mínimo la mortalidad infantil y a mejorar la atención sanitaria, se convirtió en el país con mayor esperanza de vida de América Latina, junto con Costa Rica. En promedio, los chilenos viven 80 años.

Es bastante más que los uruguayos (77,7) y que los argentinos (76,4). Lo notable es que a principios de la década de 1970 estaba muy por debajo de ambos países: su esperanza de vida rondaba los 63 años, cuando la de los otros era 68 y 67 años, respectivamente.”

… ” Tras muchos años de crecer a gran velocidad, Chile entró desde hace algunos años en una meseta. Entre 2003 y 2013, su PIB per cápita se multiplicó. De 4.770 dólares pasó a 15.804, un aumento del 231 por ciento. En cambio, en los últimos seis años decreció levemente, hasta terminar en los 15.777 dólares actuales.

La repentina interrupción de ese ciclo de expansión en una población que venía de décadas de mejoras sostenidas en el nivel de vida, con expectativas de bienestar crecientes, hizo que las desigualdades fueran más difíciles de tolerar. Sobre todo, por la percepción de que el estancamiento de las condiciones materiales de existencia de los sectores medios y bajos implica un aumento de la distancia con una cúpula que no sufre ningún tipo de desmejora.

“Chile tiene una prestación de servicios sociales vinculada a condiciones de ingreso, por lo cual, los servicios de calidad son solo para aquellos que tienen recursos económicos. Las listas de espera en el sistema de salud para las familias vulnerables son de años, las escuelas para ellos son de mucho menor calidad y una previsión basada en la cotización individual hace que se reproduzcan las condiciones de origen”, afirmó Valenzuela.”

En otros países latinoamericanos hay sistemas públicos y gratuitos altamente deficientes, a los que suelen acudir solamente las personas de bajos ingresos, ya que las clases medias y altas optan por ir al sector privado. En ambos casos la desigualdad es manifiesta. Pero la gratuidad genera una ilusión de equidad e inclusión que legitima el orden. Eso no existe en Chile, donde las diferencias son mucho más explícitas y no tienen atenuantes, y el sentimiento de la mayoría es que son profundamente injustas.

Algo similar ocurre en Estados Unidos. Sólo que con una diferencia crucial, que no es económica, sino cultural: la primacía de un ethos individualista, que considera que cada uno debe valerse por sí mismo, sin esperar nada de otros. Esa cultura de la meritocracia no considera que la desigualdad sea mala, sino que la acepta como inevitable.

Fuente: INFOBAE escrito por Darío Mizrahi

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